No podía ser posible, esa maldita fecha otra vez. Ya no tenía más días de vacaciones, ni permisos, ni pretextos para no ir al trabajo.
Miró de nuevo el calendario, casi con esperanza de que el universo se hubiera arrepentido y que no fuera día trece. Miró de nuevo, encendió las noticias, miró la fecha en su teléfono. Trece. Irremediable. Inevitable.
Se metió a la ducha, revisó cuidadosamente de que nada pudiera causar un tropiezo dentro o fuera de ella. Sentía que debía calcular cada movimiento, pues lo terrible podía estar ahí, en su propia casa, aguardando a que cometiera algún error: un rasguño con un clavo escondido y cubierto de óxido, un bocado mal tragado, un resbalón por el piso mojado.
Se duchó a prisa, pero con cuidado. Tomó su desayuno y masticó concienzudamente, haciendo pausas antes de tragar. Tomó los zapatos que estaban más a la mano, en lugar de buscar al fondo del mueble. Usó ropa que no requiriera planchado.
Iba tarde, tenía que ser. Este día, estaba maldito apenas empezó. Miró las llaves del auto, recordó estadísticas de siniestralidad, su auto encabezaba las listas en robos y accidentes. Tendría que tomar la ruta en transporte público. Apretó el puño, claro que llegaría tarde al trabajo.
El aire de esa mañana era espeso. La luz le molestaba, el sonido de la vida ahí afuera le aturdía. Lo único que deseaba era volver a su cama, dormir hasta bien avanzado el día y levantarse a comer sopa instantánea. Su ritual de cada día trece: minimizar riesgos. Uno nunca sabe.
Entró a metro, hora pico. Dejó pasar dos trenes antes de decidirse a abordar, aunque estaba lleno el vagón logró subir porque alguien le empujó, "siempre hay alguien que empuja para adentro" como dice El Metro de Café Tacvba, hubiera sido una pequeña distracción ese pensamiento, pero el personaje de la canción pasó el resto de su vida intentando descender. ¿Y si el tren se paraba a la mitad del túnel? ¿Y si pasaban horas antes de que los pudieran rescatar?
Ocho estaciones después debía descender y transbordar, le esperaba un tramo con largas escaleras. ¿Debía subir a pie o usar la escalera mecánica? Alguien podía ir delante mirando el teléfono y provocarle un tropiezo, la escalera podía parar súbitamente y terminar en una avalancha humana. Tenía pocos minutos para decidir. Pensó en cientos de posibilidades, le dolía la cabeza y estaba sudando, tomó la escalera eléctrica, cada centímetro avanzado era una agonía que nadie más podía percibir.
El cuello de la playera polo que vestía parecía haberse reducido en el camino. Por suerte, la siguiente línea estaba menos saturada, sólo dos estaciones más y habría completado esta parte del viaje. Llegó al andén al mismo tiempo que el tren, pudo abordar sin empujones, incluso, alcanzó un lugar. Tres estaciones más lo separaban del fin del traslado en metro
El tren se movía con normalidad, pero parecía no avanzar. "¡Vamos, vamos!" rogaba casi a punto del llanto. Por su puesto, no iba a llorar, lo último que quería era dejar su marca personal sobre este día, lo veía claramente: fotos y memes dedicados al llorón del metro. Cerró los ojos, cubrió su cara con las manos, "¡Vamos!". Sin abrir los ojos, puso atención para contar la apertura y cierre de puertas.
Temblaba ligeramente al salir de la estación, su visión estaba borrosa, miró el reloj, pero le costaba reconocer la hora. Al final, no importaba demasiado, sabía que estaba llegando tarde. El aire en la calle le parecía más respirable. Decidió hacer el último trayecto a pie. Consultó su teléfono para trazar la ruta más eficiente: 13 minutos a pie. Tragó saliva. Recalculó la ruta por transporte público sin diferencia en el resultado.
Revisó la tarifa de un coche de aplicación, pero no sólo era demasiado alta, no ofrecía ninguna ventaja o desventaja en tiempo, invariablemente, tardaría 13 minutos. Guardó el teléfono en el bolsillo, respiró hondo, apretó los puños y descargó uno directamente en el árbol más cercano. Los nudillos le quedaron enrojecidos e hinchados, podía mover la mano con dificultad, sería todo un reto sacar adelante este día. Sabía que algo pasaría, pero el día tenía mucho por dar aún, podía ser peor.
Echó a andar, caminando despacio, casi contando pasos para alargar la duración del trayecto. Le hubiera gustado ir a prisa, correr hasta llegar a su cubículo y ponerse a salvo durante varias horas, pero eso sólo aumentaba los riesgos. Cada tanto miraba el reloj, estaba cronometrando desde que empezó a caminar, miraba la ruta, sumaba mentalmente los minutos faltantes y los recorridos, invariablemente sumaban 13 minutos.
Esto tenía que parar, no podía seguir viviendo así. Lloró en silencio mientras avanzaba. Tenía 13 años cuando su madre se quitó la vida y quedó al cuidado de su padre alcohólico, el mismo que un día 13 conduciendo en estado de ebriedad chocó y perdió la vida. Su abuela había fallecido en el piso 13 del hospital. Terrible, "Pero son sólo coincidencias, un número no tiene el poder de alterar mi vida", pensaba los últimos metros antes de llegar a un modesto edificio revestido de cristales.
La torre en la que trabajaba era pequeña en comparación al resto de las oficinas al rededor, sólo tenía doce pisos. "Es sólo un número", "Yo hago mi propia suerte", "Estaré bien", pensaba una y otra vez. Nadie más esperaba el ascensor, eso era suerte de la buena, podría subir sin interrupciones hasta su piso y trabajar. Su fortaleza era mayor que cualquier número, sonrío sintiendo que casi estaba curado. Entró al elevador y pulsó el botón del piso diez.
El elevador cerró sus puertas, él comprobó cuánto había demorado en llegar: 13 minutos. Sonrió con desdén, esta vez la coincidencia no lo había alcanzado, si algo le dolía eran los nudillos, pero eso lo provocó él. Cerca del piso cinco el ascensor se sacudió, pero era normal, respiró hondo, se dijo a sí mismo que faltaba nada para llegar. Piso seis, siete, ocho. El elevador se sacudió, sus luces parpadearon y cayó un piso antes de que el freno de emergencia funcionara. Perdió el conocimiento.
Cuando despertó, sacó su teléfono del bolsillo, pero no tenía batería. El elevador seguía a oscuras, a excepción por un reloj que no había visto antes: 13:13 parpadeaba en la pantalla. Las piernas le fallaban, sus manos temblaban, quiso pedir ayuda, pero su voz se ahogaba en sollozos, Se puso de pie y recargó su espalda para tomar aire. Buscó el botón de emergencia, pero el panel tenía uno solo. ¿Qué estaba pasando? "¡Perdón!" Suplicó llorando hacia el espacio vacío frente a sí, pero con la mirada extraviada.
Con dedos temblorosos pulsó el único botón disponible. Las luces del elevador se encendieron, su teléfono vibró: lo miró y tenía nuevamente batería, pero no señal. El elevador siguió su camino, el tintineo de la campana anunciaba el fin del recorrido. Al abrir la puerta miró un espacio desconocido, un corredor amarillo con una placa metálica dorada: Piso 13. Quiso presionar nuevamente el botón del elevador, pero la placa esta vez estaba completamente lisa, sólo había un lugar el que ir.