Fue sucediendo tan despacio, que no tuve forma de notarlo.
Al principio mi hija me visitaba con frecuencia, para ver que estuviera bien y para contarme de mis nietas. Dos de ellas se fueron de casa al conseguir una buena oportunidad de trabajo y la más chica seguía estudiando. Nunca fue especialmente aplicada ni obediente.
—¡Ay, mamá, si vieras lo bonita que es la casa de Martina! Se la acaban de entregar hace seis meses y está muy contenta. Me mandó muchas fotos, ojalá se me haga visitarla pronto.
—Algún día la visitarás, no te apures, hija.
—-De verdad espero poder visitarla. ¡Ay! Cómo extraño a Margarita y eso que apenas hablé con ella ayer. Al parecer le van a dar un nuevo puesto, pero se irá más lejos. Ojalá Gloria tuviera un poco de sus hermanas, desde que se juntó...
Gloria era una muchacha algo rebelde, pero no mala. Cuando se juntó, las cosas cambiaron mucho, ella y mi hija empezaron a tener problemas; mi hija se la pasaba cansada día y noche de atender a su hija y a su familia. Sus visitas se fueron espaciando cada vez más y se fueron llenando de silencios, siempre con prisa por volver para cuidar a su nietecito, Darío, pero al menos me visitaba.
Un domingo ella se había levantado muy temprano y se disponía a salir.
—¿Vas a salir, mamá? —dijo Gloria.
—Sí, ya en unos quince minutos me voy.
—Ah... es que... Fernando y yo te queremos encargar al niño.
—Qué pena, hija, voy a ver a tu abuela, no puedo.
—¡Ay, mamá! Ir hoy o cualquier otro día ¿Qué diferencia hace? Igual, ella no va a regresar.
Y entonces, pasó: sentí un ardor en el alma, una mezcla de coraje y miedo me recorrió súbitamente. Apreté los puños, me hormigueaban las manos, me contuve de gritar, pero mi cuerpo se movió con una agilidad que hacía mucho ya había perdido.
Todo fue confuso cuando el vaso estalló en algún punto entre la mesa y el suelo.
Ahí fue donde entendí que los muertos soportamos todo, menos el olvido.
