viernes, 10 de mayo de 2019

Edulcorante

Como cualquier mañana libre, los tres pequeños discutían a los gritos, el motivo siempre era irrelevante, al final se trataba de quién podía más, quién se imponía o lograba hacer que los otros dos salieran regañados valiéndose incluso de mentiras para lograrlo.

—¡Otra vez ustedes! ¿No pueden comportarse? —dijo la madre, también a los gritos.
—Ellos empezaron —señaló el menor de ellos.
—¡No es cierto! —respondieron a coro los otros dos.
—Ya estense o me las van a pagar los tres, la siguiente no pregunto y agarro parejo. ¿Oyeron?
—Sí, mamá —dijeron al unísono, pero tan pronto como dio la vuelta comenzaron de nuevo los codazos.

Cinco minutos después la madre estaba de nuevo con ellos, armada con un cinturón y soltando golpes a diestra y siniestra. Pronto el episodio acabó con los tres niños llorando en un rincón y una madre exhausta. Era un sábado por la mañana, ese día esperaban al padre impacientemente pues había prometido llevarlos al centro comercial y a pesar de las amenazas de la madre de cancelar la salida, los niños sabían que era un hecho.
Ora gritos, ora empujones, ora risas escandalosas, ora alegatos; mamá se refugió en los chismes de momento traídos directamente a la palma de su mano por el servicio de mensajería instantánea. Decidió subir una historia también, «Voy a correr a la muchacha» escribió y agregó un emoticono llorando de risa, al pie de una foto de una tarja rebosante de trastos por lavar, llegaron las respuestas a la broma y por un rato se olvidó del hartazgo.

La tarde había avanzado un par de horas para cuando llegó el padre, los niños esperaban ansiosos, listos para salir tan pronto llegara de trabajar. Si bien él habría preferido descansar la tarde entera, la promesa estaba hecha y no les iba a fallar.

Emprendieron el camino. Al llegar al centro comercial recorrieron tiendas, compraron ropa, comieron y compraron helados.«Tarde en familia», escribió la madre en una popular red social, acompañando la publicación con la foto de sus tres hijos sonrientes; recibía comentarios de amigos y familiares, la lluvia de likes no tardó en llegar. Padre y madre iban tomados de la mano rodeados por tres inquietos, saltarines y risueños niños, mientras, la tarde moría dentro de la caja de cristal que era la plaza, la dorada luz que entraba sólo podía ser recibida como invitación a la prisa ante la proximidad de la noche. La última parada del grupo era el autoservicio.

Entraron, tachando poco a poco la lista previamente elaborada, cada niño eligió su cereal favorito y en una mirada rápida al carrito de la compra se adivinaba la complacencia de los padres hacia sus hijos. «Todo valía por mirarlos así de felices», pensaban.
De vuelta a la casa, en el auto, la discusión por querer viajar junto a la ventanilla, por abrir alguna golosina, por no querer compartir la propia, por el vocho amarillo que el otro no vio. La cercanía al hogar anunciaba el fin de la feliz salida. La cena contenía una buena dosis de azúcar, proveyendo a los pequeños de energía suficiente para continuar con el escándalo hasta terminar con la paciencia de sus padres, quienes pasadas las once de la noche lograron que al fin durmieran. El padre miraba el noticiero deportivo, la madre fastidiada terminaba de levantar la mesa, la pila de trastes sucios parecía no tener fin.

—Me voy a dormir —anunció ella.
—Ajá —apenas contestó él.
—Pensé que vendrías también —agregó ella con un gesto agrio.

Él bufó y apagó el televisor, la siguió a la recámara. Enfundados en sus respectivas prendas para dormir, ya dentro de la cama, él la abrazó desde atrás y comenzó a besarle el cuello, un codazo intentó reprimir su pasional embate, pero él no cedió, sujetó el brazo con suavidad e intentó besarla cerca de la boca.

—¡No! No tengo ganas, vamos a dormir —cuchicheó ella, molesta.
—¿Para esto querías que viniera al cuarto también?
—¡Claro! Como no sabes lo que es pasar el día entero con los niños, tratar de que se comporten y dedicar tu tiempo al aseo que nunca dura. Estoy cansada, sólo quiero dormir.
—¡Pfff! Mejor me hubiera quedado en el sillón.

Ella se envolvió en las mantas y le dio la espalda de nuevo para no seguir con la discusión. Él, irritado, se sentó en el borde de la cama, tomó su teléfono y los audífonos, sería otra noche de porno.

—Eres un enfermo —pero su acusación fue opacada por los gemidos de una rubia sometida por una pelirroja.

A la mañana siguiente el ruido proveniente del televisor fue lo que los despertó. La sala había sido transformada en un campo de batalla con almohadas, juguetes y mantas regados por aquí y por allá. La madre los amenazó para que pusieran todo en orden antes de empezar a preparar el desayuno. Mientras los niños esperaban sentados a la mesa, el padre ya se había hecho con una cerveza del refrigerador y buscaba alguno de los tantos partidos de fútbol, como cada domingo. Para cuando papá se unió al resto de la familia, la madre estaba bastante enojada por su actitud, sin embargo no dijo nada. Al término del desayuno, mamá asignó las labores. Por un par de horas el ruido de la casa parecía más bien el chirrido de una máquina que está por colapsar. Finalmente la madre se rindió, encontró en los dispositivos electrónicos la mejor estrategia para que los niños se mantuvieran callados y en un solo lugar.

—¿Qué vamos a comer hoy? —preguntó el padre a su esposa mientras ella daba los toques finales al aseo del hogar.
—No sé, la verdad ya estoy muy cansada —respondió.

Él sólo movió lentamente la cabeza en un gesto en el que no se podía diferenciar si era decepción o apoyo.

Un rato después salieron en el coche, tardaron poco y volvieron con comida. Encendieron la televisión de la sala, estratégicamente instalada para ser visible desde el comedor. Afuera hacía un clima espléndido, la luz que entraba por la ventana daba vida a la escena: mantel a cuadros rojos y blancos, reían mientras comían pollo frito y bebían refresco de cola. En ese momento bien podrían haber sido la familia feliz de alguna campaña comercial.




viernes, 26 de abril de 2019

Cena en la terraza

Cuatro pisos más abajo, en la acera, Esteban yacía inerte con el cuerpo maltrecho y el cráneo destrozado.


***


Tenían una cita doble para cenar. La noche se dejaba caer con suavidad entre bromas y remembranzas en aquel grupo de amigos. Ivonne y Octavio, Marisa y Esteban. Tenían media vida de conocerse pero cada reunión les traía sorpresas, siempre había tanto que contar.


—Dijiste que tenías algo importante que decir, ¿No, Esteban? —preguntó Octavio.
—Sí —respondió él— en un rato más, de ser posible, sólo contigo.
—Vamos, ¿Qué pasa? Somos una familia, estamos juntos en las buenas y en las malas.


Marisa e Ivonne guardaron silencio mirando la escena, Esteban empezaba a mostrarse incómodo con la insistencia de Octavio.


—Dinos, todo tiene solución —le animó su novia.


Se puso de pie y respiró profundamente.


—Vale, les voy a decir —dijo clavando la mirada en Ivonne, que hasta el momento había sido quien menos había intervenido—, me… no, no… nos, sí, eso. Ivonne y yo nos acostamos —dijo sin apartar la mirada de ella que se congeló al instante.


El gesto de Marisa pasó de la ira al dolor en breves segundos. Octavio se veía confundido, quizá más incrédulo que molesto.


—¿Ustedes qué?
—No es algo que buscáramos, sólo pasó, estamos arrepentidos y por eso es que lo estamos hablando —respondió visiblemente nervioso.
—No tenemos nada que hablar, largo de mi casa los dos.
—No te pongas así —intervino Ivonne— lo podemos arreglar.
—¡Cállate, zorra! —gritó Octavio, reventándole al momento el labio inferior de un golpe.
—¡Cálmate, Octavio! No tenías por qué hacer eso.
—¿Vas a defender a tu amante? ¡Quédate con ella! Me dan asco.
—¡Cálmate, carajo! Deja que te explique... mira nada más, ¿Cómo pudiste pegarle?


Octavio no contestó, sentía hervir su sangre y descargó un par de puñetazos en la cara de Esteban, quien de inmediato respondió al ataque.
Sentada, Marisa contemplaba la escena, deshecha en llanto, sintiéndose ajena a todo cuanto pasaba ahí, acababa de perder a su mejor amiga y a su novio, su mejor amigo era preso de la ira. Ivonne estaba en shock, abrazando sus rodillas en un rincón mientras miraba a su novio y su amigo golpearse cada vez con más violencia.


—¿Y ahora qué? ¿Ivonne te va a defender? ¿Con una disculpa deshacen el daño? —gritaba Octavio mientras cubría de golpes a su amigo.


En algún momento terminaron cerca de la barandilla, Ivonne y Marisa reaccionaron alarmadas e intentaron separarlos. Fue en vano, Octavio ciego por el despecho empujó a Esteban.


Para cuando los servicios de emergencia se presentaron era demasiado tarde, quizá lo había sido desde un inicio.


Arriba Marisa lloraba histérica, Octavio no apartaba la vista del cuerpo de su amigo mientras Ivonne entre lágrimas repetía constantemente: “sólo era una broma”.

martes, 23 de abril de 2019

Portales

Se abrió un portal y a través de él cruzó una figura encapuchada, ésta sin decir palabra, se acercó a los habitantes de aquella casa extendiendo ante sus ojos un pergamino. También en silencio, le entregaron un par de bolsas cuyo contenido se podía adivinar: monedas de oro. El recaudador las tomó y del modo en el que llegó se fue de ahí.

Llevaba varios años como recaudador, era más bien mercenario.especializado en cobrar deudas. No trabajaba para nadie en particular, todo dependía de las circunstancias, su única regla era trabajar solo.

Luego de entregar y cobrar su parte del oro se dispuso a continuar con su labor, no siempre era sencilla. Usando un dispositivo en la muñeca tecleó una secuencia y ante sí se abrió un portal. Del otro lado un paisaje metálico se dibujaba frente a él, su capucha no lo era más, llevaba un pulcro traje azul acero de una pieza, cuyo tejido inteligente se amoldaba a su musculoso cuerpo. Disfrutaba mucho pasear por los rincones de aquella ciudad, tan distinta a la suya. Las bebidas de los bares, sin excepción, le parecían extraordinarias. Asuaria, la ciudad perfecta o casi perfecta, siempre tranquila, limpia, con un índice delictivo muy bajo; los asuarianos eran una raza por demás cordial, nunca en su vida de recaudador tuvo un sólo conflicto con ellos y esa era la razón por la que visitaba con frecuencia aquel lugar, dejando de lado los negocios. Kregnel era su bar favorito; tenía una maravillosa vista a uno de los principales campos de vitmals, una pequeña fruta púrpura y la principal fuente de empleo en Asuaria. Una vez conoció a una asuariana que le contó cómo la vida en su ciudad giraba en torno a los vitmals, desde la siembra, la cosecha y el comercio de todos los productos derivados de la frutilla púrpura. Ella trabajaba cuidando los arbustos, debía vigilar la evolución de sus frutos y recolectarlos en su mejor punto de maduración, pero no sólo eso, a diario cantaba para ellos, la fruta absorbía las ondas de sonido y en gran medida las mejores frutas provenían de las mejores voces. «¿Quieres que cante para ti?» le preguntó ella y aún recuerda la experiencia, sólo podía describirla como eléctrica, apenas audible pero profundamente melodiosa y conmovedora. Conocía muchas drogas de las más diversas ciudades del universo y ninguna tuvo el efecto que esa voz había causado en él, aún ahora, evocarla le volvía a erizar la piel.

Un discreto sonido proveniente de su muñeca indicó que era hora de marcharse. Pensó que, cuando por fin se jubilara, quería vivir en Asuaria.

De vuelta en su casa, enfundado en unos clásicos jeans y una camiseta, revisó su agenda. La siguiente cita era sencilla. Nuevamente abrió un portal y se encontró en una ciudad muy parecida a la suya, sólo que la distancia entre una y otra era impensable. Se presentó en una especie de tienda en la que atendía una mujer bajita y bastante mayor, le sonrió.

—¡Te estaba esperando! —dijo ella con el rostro iluminado.
—Nunca faltaría a mi cita con una mujer tan hermosa —respondió—, ¿Hoy qué haremos?
—Necesito ayuda con los estantes altos, ayer llegó mercancía nueva pero no he terminado de poner todo en su lugar.
—Será un placer —dijo él y de inmediato se sacó la playera para no ensuciarla.

Aquella mujer solía decirle que le recordaba a su nieto, quien había formado parte del ejército y perdió la vida defendiendo su planeta de una invasión.

—Sólo por tenerte por aquí pediría nuevamente un préstamo —dijo la anciana mientras sacaba una bebida de uno de los refrigeradores.
—No hará falta, siempre que pueda estaré por aquí, sabes que te aprecio.
—Y yo a ti, muchacho, yo a ti.
—¡Listo! Esa era la última caja. ¿Es cereal?
—Sí, me trajeron mercancía de importación —respondió ella.

Esa ciudad, tan parecida a la suya era un importante punto comercial. La anciana atendía una de las tiendas mejor surtidas, siempre tenían mercancía de otros puntos del universo. Ella tenía convenio para algunos productos de modo que sólo en su establecimiento era posible encontrarlos.

—Ten, esto te va a encantar. Los trajeron la semana pasada, son frituras importadas de Zloarc —dijo acercándole un empaque verde y con una escritura incomoprensible para él — y claro, tu limonada favorita.
—Me tienes muy consentido, ¿Sabes?
—¡Qué va! Eres tú quien ayuda a esta vieja sin tener la obligación.
—Ni lo menciones, vamos a sentarnos.

Charlaron largo rato, Madam Mo siempre tenía buenas historias que contar, con el tiempo habían entablado una linda amistad.

—Mo, sabes que no quisiera irme, pero debo volver.
—Lo sé, espero tu siguiente visita, sabes que me alegra mucho verte por aquí. Pasemos a los negocios —dijo ella.

La anciana tomó una especie de control remoto y tecleó una secuencia. Una proyección holográfica con un código apareció y él acercó un pequeño lector que colgaba de sus jeans como llavero.

—Listo, entonces hasta la próxima. Cuídate, Mo.
—Cuídate, Sam.

Abrió nuevamente un portal y volvió a casa. Miró el reloj, había mucho tiempo libre hasta la próxima cita, así que decidió dormir un poco, la única desventaja que encontraba en ser recaudador eran los horarios, su vida era regida por tiempos dispares de uno y otro punto de la galaxia; era agotador pero de ese modo conocía lugares que jamás habría podido visitar de tener un empleo regular. Con este pensamiento se quedó dormido y comenzó a soñar con las playas de Ygg.

Ygg era un planeta pequeño que poseía grandes mares cristalinos y carecía de lunas, por lo que las noches eran bastante oscuras. Sus ciudades tenían una gran vida nocturna pero el verdadero espectáculo era el mar, pues los animales marinos eran en su mayoría de actividad nocturna, tenían luminosidad propia, por lo que los barcos de fondo de cristal eran lo mejor para apreciar a dichos seres en todo su esplendor… de pronto el dispositivo en su muñeca vibró, miró la hora: seis en punto. Su habitación y todo a su alrededor se desvaneció devolviéndole a la gris realidad de una oficina cualquiera.

—¿Te vas a quedar más tiempo? —preguntó su compañero.
—No, ya terminé de escanear esto, mañana lo subo al portal.

Tomó sus cosas, apagó la computadora y salió tarareando la melodía que jamás escuchó en Asuaria mientras pensaba lo divertida que era esa pequeña forma de burlar el tedio de un trabajo casi mecánico.

domingo, 14 de abril de 2019

Self storage

—Firme sobre la línea punteada —dijo la señorita del otro lado del escritorio— una vez concluido el papeleo podremos programar el procedimiento. Dado que no es común que una persona que goza de plena salud y su posición económica solicite nuestros servicios y aún habiendo pasado por las pruebas psicológicas, el protocolo exige que se le pregunte antes de concluir el registro, ¿Es su deseo libre, informado y consciente someterse al procedimiento?
—Sí —respondió un hombre no mayor a treinta años.
—De acuerdo, le dejaré un momento a solas para que pueda revisar el contrato.

Rodrigo se quedó en la blanquísima oficina, contemplando el juego de documentos frente a sí. Leyó y releyó, estaba seguro de la decisión que había tomado a pesar de la opinión de su familia. El hacinamiento, la contaminación, la carencia de recursos y la disminución generalizada de la calidad de vida le hacían pensar que en algún punto sería insostenible la situación y él no quería estar ahí para ver el colapso.

El único objeto de color era el reloj de pared, la carátula naranja marcaba las tres de la tarde con treinta minutos cuando Silvana —supo su nombre por la identificación que llevaba al pecho— volvió a entrar.

—¿Todo en orden?
—Sí, claro, todo bien —contestó él intentando disimular su leve nerviosismo.
—¿Ya eligió la fecha?
—Todavía no, quiero que sea pronto, pensaba que tal vez mañana…
—Entiendo, permítame un momento para confirmar si tenemos espacio disponible.

Silvana tecleó su contraseña y accedió al sistema, luego de un minuto afirmó complacida que podían programar la cita para el día siguiente a las cuatro de la tarde. Rodrigo asintió, dio la mano a la asesora y salió en el más completo silencio.

Tenía cerca de veinticuatro horas para alistar los últimos detalles. Salió, llamó a sus padres y se reunió con ellos en su restaurante favorito, cenaron e inevitablemente lloraron al término de la reunión. Por la noche fue a dormir pero no podía conciliar el sueño, era la última noche que pasaría en su cama, en su confortable departamento que pasaría a ser propiedad de sus padres al día siguiente. El armario estaba casi vacío, en él sólo había una percha con la ropa que usaría al siguiente día: unos jeans y la playera que había usado en el mejor concierto al que había asistido. El despertador sonó a las siete de la mañana en punto, por momentos creía que le habría gustado dormir hasta tarde, pero quería dejar todo impecable más por la experiencia de asear su casa por última vez que por dejar todo en orden. Desayunó hotcakes, café y pizza. Hizo limpieza a fondo, tomó un largo baño, se alistó y en punto de las dos treinta salió a su cita, al llegar ya lo esperaba su familia.

—Esperen aquí mientras se lleva a cabo el procedimiento —indicó Silvana a su familia—. Rodrigo, acompáñeme por favor.

Se abrazaron por última vez.

—Sugiero que vayan a su casa, por ahora es todo lo que pueden hacer, recibirán noticias más tarde —indicó Silvana— sé que les costará asimilar todo lo que está pasando, parte del servicio incluye apoyo para los familiares, a partir de mañana pueden asistir, en esta tarjeta vienen los números para que puedan agendar su cita, les recomiendo que no dejen pasar la oportunidad, tenemos profesionales altamente calificados que les ayudarán con el manejo de las emociones.

Los padres de Rodrigo aceptaron la tarjeta, se miraron en silencio y asintieron al mismo tiempo; dieron las gracias por el trato y las atenciones y se retiraron del lugar. Mientras tanto, las cinco de la tarde con treinta minutos, según se podía leer en el reloj azul —el único objeto con color—, un grupo de médicos y especialistas declaraban finalizado el proceso.

A las seis de la tarde el teléfono de su madre recibía un mensaje dando noticias sobre el éxito de la operación. A las seis de la tarde con treinta y cinco minutos Rodrigo abrió los ojos, sobre una cama en una habitación idéntica a la suya. El muro mostró un mensaje «Bienvenido. Hoy es cinco de noviembre del año 2644. Le recordamos que su servicio es clase A, el cual incluye tres reanimaciones al año en las fechas previamente seleccionadas. Gracias por utilizar los servicios de Self storage».

Disponía de una semana de descanso para acoplarse a su nueva existencia en un plano virtual, dentro de un servidor, antes de empezar a laborar para el monstruo informático dueño de medio planeta. Le tranquilizaba que aún podía estar en contacto con los suyos y sus ahorros eran suficientes para que, si así lo decidían, sus padres se unieran a él.

domingo, 10 de marzo de 2019

Miedo

Iván se quedó mirando la luz que se filtraba desde la calle por el borde de la cortina, prefería dormir en completa oscuridad, o al menos tanta como fuera posible. A pesar de la cortina gruesa la luz del alumbrado público se colaba y formaba de una franja en el techo. Cuando no podía conciliar el sueño se dedicaba a mirar las sombras que se formaban en las imperfecciones del aplanado, prácticamente las sabía de memoria pero siempre trataba de redescubrir nuevas formas. Esa noche le pareció que forzando un poco la imaginación había un rostro con una expresión amenazadora. Recordó las noches de infancia en las que no podía dormir con la luz apagada y lo mucho que lloró cuando lo obligaron. Hacía mucho tiempo de eso. Sus padres buscaron por todos los medios calmarlo y cuando no lo consiguieron emplearon métodos drásticos y un tanto violentos; cuando eso también falló y las cosas comenzaron a salirse de control fue que optaron por la terapia. Al principio las sesiones fueron familiares y luego individuales. La relación con sus padres mejoró mucho desde entonces.

“Por algo pasan las cosas”, se dijo y se dispuso a dormir luego de un rato. Al principio sus sueños fueron cosas normales como la escuela o salir con sus amigos. Casi al final en un extraño giro volvió a verse de niño mientras la terapeuta le explicaba que no debía temer, que la oscuridad era mejor para un buen descanso; de sorpresa la misma figura que había mirado en el techo antes de dormir llegaba detrás de la mujer y la engullía. “¡Sigues tú!” decía una voz espectral, la sombra se acercaba a él. Despertó con un grito, notó que además había mojado la cama. Sumamente avergonzado se levantó, cambió las sábanas y su ropa. Se sentó al borde de la cama, a sus dieciséis había cambiado tanto del niño que fue, no sólo era más alto, tenía una dentadura bella a fuerza de ortodoncia, tenía el cabello largo y sus rasgos habían dejado de tener la suavidad que el sobrepeso les daba; y sin embargo, había sido como si algo en su interior hubiese tenido un retroceso, no sólo era la sábana mojada, era la inquietud que la oscuridad le provocaba.

“Vamos, no seas cobarde” se repetía, incapaz de apagar la luz. “No pasa nada, no pasa nada”. Se metió de nuevo a la cama y estiró la mano para apagar la lámpara del buró. Respiró hondo y accionó el interruptor. Nada. Sólo el silencio de la noche interrumpido por algún sonido lejano y esporádico. Iván se sintió aliviado y ridículo, no podía dormir así que se ocupó nuevamente de mirar el techo para buscar formas hasta el sueño lo venciera. Justo antes de caer dormido le pareció ver que el rostro que había descubierto lo miraba directamente.

Pasó con normalidad el resto de la noche.

—Anoche… tuve otro episodio —dijo a sus padres durante el desayuno.
—¿Quieres que agendemos cita con la terapeuta? —preguntó su madre.
—No, estoy bien. No sé ni siquiera por qué se los dije —dijo un tanto avergonzado.
—Sabes que puedes confiar en nosotros —dijo su padre.
—Lo sé, estaré bien —reafirmó él y sus padres se miraron mutuamente.

Eran los últimos días de clases, así que el estrés podía ser motivo para volver a sacarlo de balance, era un buen alumno pero no se le daba de forma natural, debía esforzarse bastante y eso lo tenía tenso siempre durante las evaluaciones finales. El siguiente par de  semanas las pasó en calma, durmiendo a sus horas y descansando bastante bien, casi se había olvidado de la pesadilla.
La siguiente vez se soñó de niño nuevamente, se encontraba en la sala con su abuela, a quien tenía tiempo sin ver; platicaban de sus avances en la terapia, de las siguientes vacaciones en las que iría a visitarla. En un momento ella se quedó con los ojos muy abiertos mirando justo detrás de él, podía sentir el aire helado detrás suyo. “Los verás caer a todos” dijo una voz metálica y la sombra rápidamente llegó hasta su abuela y la devoró. Esta vez no gritó, el timbre insistente del teléfono en la madrugada lo había sacado de su macabra ensoñación. Tomó la llamada en el pasillo de las recámaras, pues ahí se situaba uno de los aparatos de la casa.

—¿Diga?
—¿Iván?
—Sí, ¿Abuela?
—¡Iván! ¡Iván!

La voz al otro lado de la línea se iba transformando, pasó de la dulzura al terror, repitiendo una única palabra: “Iván”, justo antes de que la comunicación se cortara la voz resultaba completamente distinta, “Los verás morir a todos” dijo antes de dar paso a un tono intermitente. Se fue a la cama pensando que había sido parte de una vívida pesadilla. Por la mañana abrió los ojos y lo primero que miró fue la extraña grieta en el techo, que parecía irse tornando antropomorfa.

A través de la ventana se colaba el calor de un sol dominical. Bajó para desayunar, en la cocina se encontraban sus padres con el gesto descompuesto.

—Mi amor, la abuela murió esta noche —alcanzó a murmurar su madre antes de empezar a llorar de nuevo
—Se cayó el baño y se golpeó la cabeza —explicó su padre— tus tíos trataron de ayudarla, la llevaron al hospital, ella estaba muy confundida, asustada, decía incoherencias, los médicos dijeron que su corazón estaba débil y no resistió tanta agitación.

Iván escuchaba en silencio, sin saber si debía hablar sobre la llamada que había recibido de madrugada.

—¿A qué hora pasó? —finalmente preguntó con los ojos llenos de lágrimas.
—Se cayó como a las once, no tardaron mucho en llevarla al hospital. Debió pasar cerca de las dos de la mañana.

Palideció. Era imposible que su abuela hubiera hecho la llamada, no recordaba la hora pero creía que era probable que ella ya hubiera estado muerta para cuando él contestó. Estuvo a punto de mencionarlo pero su madre estaba deshecha por la muerte de la abuela como para atormentarla con lo sucedido en la madrugada. Tuvo que guardar sus emociones para no complicar más la situación, quizá sería mejor no mencionar el asunto nunca.

Todas las noches resonaba en su mente la voz de su abuela llena de terror, lloraba hasta quedarse dormido y evitaba a toda costa mirar el techo de su habitación, pues lo que había empezado siendo una insinuación de un rostro ahora parecía una forma semihumana en actitud amenazadora. Luego de un par de semanas los problemas de sueño empezaban a hacer mella en su ánimo y su actitud.

—El asunto de la abuela me tiene mal, quisiera ir con la terapeuta —dijo durante la cena—, he vuelto a tener pesadillas.
—Lo lamento, mi amor. Te entiendo, su partida fue inesperada. Mañana llamo para hacer cita.
—Gracias, mamá. Creo que mañana no iré a la escuela, he dormido muy mal y quisiera quedarme a descansar.
—Está bien, creo que le vendrá bien —intervino su padre.

Al día siguiente consiguió dormir hasta casi medio día. Su madre le llevó el desayuno.

—Tendremos que buscar otra terapeuta, Carolina tuvo un accidente hace varias semanas y murió.

Él se quedó perplejo. Guardó silencio por un largo rato.

—Tengo miedo, mamá —dijo al fin.
—No hay nada que temer, mi amor. Es lamentable todo lo que ha pasado, pero buscaremos un nuevo terapeuta y pronto te sentirás mejor —lo consoló su madre mientras lo abrazaba.

Cuando ella salió del cuarto él sólo pudo murmurar «No lo entenderías». Iván quería echar a llorar, pero también quería evitar que su madre se preocupara más de la cuenta. Volvió a dormir aunque con gran inquietud.

Llegada la noche no lograba conciliar el sueño, más por miedo que por haber dormido demasiado a lo largo del día; no podía dejar de atormentarse pensando en quién sería la siguiente persona en aparecer en sus sueños. Tenía tanto miedo que fuera alguno de sus padres, o peor aún, ambos. Sentía que si evitaba quedarse dormido, prevendría la inminente tragedia. Una, dos, tres de la mañana.
El agotamiento emocional del que estaba siendo objeto no perdonaba y a pesar de haber resistido una buena parte de la noche pocos minutos antes de las cuatro de la mañana cayó en un profundo sueño; en él se veía a sí mismo de niño, caminaba por un bosque lleno de una niebla muy densa, escuchaba a sus padres llamarlo, pero no conseguía verlos, su corazón latía fuerte y muy apenas le permitía escuchar a sus padres. Conforme avanzaba todo se tornaba más oscuro, las voces se escuchaban cada vez más lejanas, en un momento la oscuridad fue total y el espacio parecía haberse reducido. La voces se apagaron completamente, supo que todo estaba perdido: había sido devorado por el monstruo. Pronto sintió que le faltaba el aire y como pudo reunió fuerzas para llamar a su madre.

Gritó antes de abrir los ojos, tan fuerte que sus padres, desde el cuarto contiguo, llegaron alarmados. Los escuchó abrir la puerta del cuarto, abrió los ojos y aquella macabra figuración del techo extendió sus brazos hacia él.

Sus padres fueron testigos del desafortunado momento en que el techo se desplomó encima suyo, perdiendo así la vida.

domingo, 17 de febrero de 2019

El puerco

—¿A poco los puercos sienten? —preguntó ella con sarcasmo mientras en el piso un bulto encobijado se retorcía —, amarren al infeliz —ordenó.

En menos de dos minutos tuvo frente a su feroz mirada a un hombre atado a una silla.

—Nos la vamos a pasar muy bien, papacito. ¿Te acuerdas de mí, hijo de la chingada? —el primer golpe recibido venía de la amargura de esa voz. El hombre había bajado la cabeza para desviar la mirada, Ella lo tomó por los cabellos y repitió la pregunta.
—¿Te acuerdas de mí, animal? —tiró fuerte del mechón para dirigir la mirada del hombre hacia ella
Los ojos del hombre se abrieron como platos cuando la memoria lo devolvió de golpe al momento en que vio por última vez a esa mujer: una noche de marzo un par de años atrás.

***
—¿A dónde tan solita? —había preguntado él a la mujer que caminaba por la calle oscura de uno de los barrios marginales de la Gustavo A. Madero.

A «La loba» la tenían bien ubicada, de narcomenudista fue escalando, hasta controlar una buena zona, nadie la tocaba pues a fuerza de sangre había logrado hacerse del respeto de otros traficantes. Tenía a sus servicio principalmente a mujeres y jóvenes ansiosos de salir del barrio, ya fuera en un auto de lujo o en una carroza fúnebre; todos sabían el riesgo y estaban dispuestos a pagar el precio. La loba tenía labia, además de un físico impresionante: alta, su cuerpo trabajado en el gimnasio no era para atraer sino una advertencia en movimiento, sin embargo conservaba mucha feminidad resultando en una mezcla exótica.

—¿A dónde, mi reina? —volvió a preguntar el azul.
—A donde no te importa, cabrón.
—Yo que tú, respetaba el uniforme de quien me habla.
—¿Respeto? ¡Pff! Tú menos que nadie lo mereces. ¿Qué me dices del día que le decomisaste los dulces a Teresita?
—Invasión de la vía pública.
—No seas cabrón, Todos sabemos que le diste baje con su mercancía, te la chingaste en nombre de una ley en la que tampoco crees porque no la sabes cumplir.
La cara del puerco se puso roja de coraje, paró la patrulla y bajó junto con su compañero.
—Conste, pareja, que se encontró a la señorita en ejercicio de la prostitución en plena vía pública y se resistió a ser remitida ante el juez cívico.
—Así es, parejita —respondió el otro poli que hasta ese momento había permanecido en silencio.  
—¿Qué dices, pendejo?
—¡A mí nadie me pendejea, pendeja! —dijo el primer policía golpeando con la cacha la cara de la mujer quien cayó aturdida y con el pómulo reventado.

Rápidamente la esposaron y la subieron a la patrulla, pero nunca llegaron ante la autoridad. Conocían bien las zonas más aisladas, donde nadie los vería actuar con impunidad.
—Quién iba a decir que una hembra como La loba estuviera tan sabrosa —dijo él subiéndose los pantalones.
—¿La vamos a dejar aquí?
—¡No, cabrón! La vamos a dejar hasta la puerta de su casa,  para darle las gracias a su jefecita de haberla hecho tan aguantadora. ¡No seas pendejo!

Su compañero bajó la mirada.

—Te vamos a dejar ir con una advertencia: esto no pasó, Considéralo tu pago por derecho de piso si quieres seguir vendiendo chingaderas por aquí.

Ese día no sólo la cara de La loba había quedado marcada de por vida. Su alma tenía una herida que ni con la más cruel de las venganzas sanaría.

—Esto no se va a quedar así. ¿Me oyeron, putos? —gritaba ella mientras la patrulla se alejaba.

***

Ahora el puerco temblaba mirando la cicatriz del pómulo y la furia en los ojos de la mujer que estaba frente a él.

—Qué bueno que sí te acuerdas de mí, te estuve buscando por algún tiempo. Tu amigo tuvo un horrible accidente —hizo énfasis en esa palabra y unas comillas en el aire con las manos— tan borrachito andaba que se durmió en las vías del tren y ¿Qué crees? —acercó su boca al oído del policía—: se lo cargó la chingada, como te va a pasar a ti, hijo de perra. Pero no vas a tener tanta suerte, vas a sufrir un chingo, de eso me encargo. No me preocupa que encuentren tu cuerpo hecho pedazos, a más de uno nos estuviste chingando, pero sobre todo sabes que el sistema es una porquería. En una de esas te quedas como desaparecido por siempre. Todavía no lo decido.

Los últimos dos años habían vuelto a La loba una una mujer más fuerte aún. Se rumoraba lo cruel que era con la gente que le era desleal, lo despiadada que era con sus rivales, lo estricta con los que estaban a su servicio. A nadie perdonaba, pero sabía recompensar.
Se decía también que ella dejaba ir a su gente una vez que deseaban dejar atrás esa vida; que les ayudaba a irse lejos, donde estuvieran a salvo de ese ambiente y con eso se ganaba la lealtad del pueblo que veía en la droga la oportunidad de salir adelante.

Se paseó frente a él, sabiendo que dentro del cuartucho en el que estaban ella era quien dictaba las leyes.

—Extiendan bien sus manos y ajusten la mordaza, no quiero escuchar los chillidos de este.

Las fuertes ataduras mantenían las manos del policía extendidas, estaban ligeramente amoratadas por la presión de las cuerdas.

—¿Te acuerdas qué pasó la última vez que nos vimos, verdad? —por respuesta sólo obtenía un sonido ahogado por la mordaza y una mirada suplicante —, yo sí me acuerdo y me voy a encargar de que lo pagues con creces, cabrón.

Los ojos del puerco se llenaron de lágrimas. La loba le iba clavando con gran deleite alfileres bajo las uñas.

—¿Te duele? —preguntó y rozó sus labios sobre la mejilla del hombre—, vieras que lo estoy disfrutando tanto.

Tomó el alfiler clavado en el pulgar izquierdo y comenzó a moverlo de de un lado a otro separando la uña de la carne, tomando tiempo entre uno y otro dedo. pronto había levantado las diez uñas sin llegar a arrancarlas, en el suelo la sangre empezaba a formar pequeños charcos.

—Aquella vez yo no disfruté más de lo que tú lo estás haciendo ahora, pero ni siquiera deberías llorar, deberías estar agradecido de que nadie te está metiendo la verga, de que nadie te sofoca con el peso de su cuerpo y su aliento apestoso, de que las uñas te van a volver a crecer si sales vivo de esta —dijo arrancando de un tirón la primera de ellas.

Ese mismo día repitió la tortura en los pies y lo dejó. Había esperado mucho y tomaría todo el tiempo que le viniera en gana para cobrar su venganza.

Una cubetada de agua hirviendo fue la bienvenida al segundo día de su infierno.

—Dijo La loba que te diéramos un baño —soltó entre risitas burlonas uno de los ayudantes de la traficante —, ¿Tienes hambre, cabrón? Espero que no, porque de papear no dijo nada y si la patrona no dice, no se hace. Mira el lado bueno: vas a bajar esta panzota —dijo palmeando el voluminoso estómago del hombre.

La puerta se abrió y La loba entró.

—¡Qué bonito! Ya estás haciendo amigos. Te vamos a extrañar cuando nos dejes. Veamos, con qué podemos jugar hoy.

De la mesa seleccionó un teaser, lo hizo funcionar y llevó el chasquido eléctrico hasta la oreja del policía.

—¿Sabes qué es curioso? Que no sé tu nombre. Aunque no ha hecho falta, no puedo olvidar tu cara, maldito cerdo. No sabes cuántas veces me desperté llorando luego de soñar contigo. No sabes lo mucho que te odié luego de lo que me hiciste y lo mucho que deseaba este momento.

Accionó el inmovilizador en la nuca del hombre y éste quedó inconsciente. Hizo un gesto de aprobación con la cabeza y un par de personas se acercaron al policía.

El cuerpo dolorido lo despertó. Sintió que ya no estaba atado a la silla, sino que se encontraba en una cama, intentó tallarse los ojos. Una venda ensangrentada cubría el muñón en el que ahora remataban sus extremidades, manos y pies habían sido removidos mientras él estuvo inconsciente. La mordaza ahogó el sonido que pudo haber sido un desgarrador llanto.

—Creí que te perdíamos en la anestesia, pero ya veo que no. Bienvenido —dijo con una sonrisa casi grosera—, ya no vas a estar amarrado. La cama es más apropiada para alguien enfermito como tú. No te preocupes, te vamos a cuidar bien para que puedas recuperarte de la cirugía. La verdad no me gustaría que te mueras de una infección, quiero ser yo quien te mate.

El tono en la voz de la mujer iba de una ternura fingida al odio más puro.

—Tendrás que disculpar la falta de analgésicos. Cortar tus asquerosas manos fue idea de último momento. No te van a hacer falta, además no soportaba verlas.

Por dos días nadie se acercó a él, sólo La loba entraba al cuarto en el que lo tenía recluido para burlarse de su dolor y golpearlo con algún objeto al azar.  Tal y como le había anticipado nadie le iba a suministrar nada para el malestar. Apenas si dormía.

—Hoy, sí vas a comer. Yo misma hice algo especial para ti, hijo de la chingada y más vale que te muestres agradecido —dijo y le quitó la mordaza.
—¡Maldita zorra! Te vas a ir al infierno —recibió un golpe en la cabeza.
—Me voy a ir al infierno, no sin antes encargarme de que esto lo sea para ti —dijo sujetando su mentón y clavando con fuerza las uñas—, ya van a traer la comida y más te vale tragarte todo.

Un muchacho pálido y delgado entró con una cacerola y evitando mirar el contenido la dejó en la mesa cercana. Una oleada de asco y horror lo invadió al hombre al mirar la carne hinchada y cocida de su mano amputada, sobresalir en el trasto que recién habían llevado.

—Eres una pinche loca —recibió una bofetada.
—¡No me digas! Tú no eres nadie para juzgar, cabrón. Abre la pinche boca y trágatelo todo, no me canses la paciencia, porque aunque sea con embudo, pero me encargo de que te termines.

Era su primer alimento en días, se sentía tan asqueado como hambriento y llorando comía aquel caldo hecho con sus propios miembros. La loba inmutable, tomó la mano cocinada y comenzó a retirar la carne del hueso, desmenuzó una parte de la palma y la mezcló con el grotesco caldo. Tomó una parte con la cuchara y la acercó a la boca del policía.

—Ahora la carnita, verás qué bien te sienta y pronto te sentirás mejor.

Introdujo de golpe el alimento y con ambas manos evitó que el hombre escupiera, sus ojos se desorbitaban en un gesto de total desagrado. Masticó un par de veces y tragó a punto de ahogarse por la desesperación y la repulsión.

—Qué buenito eres, perro. Ya casi terminas tu comida, ¿Estuvo bueno?

La voluntad del hombre estaba quebrada por completo, lloraba desesperado, ansioso de que aquello por fin terminara. De pronto, afuera, se escucharon disparos.

—¡Loba! Es la policía —advirtió el muchacho enclenque desde el umbral de la puerta.
—¡Puta madre! ¿Y qué chingados esperas para hacer algo?
—Los mataron a todos —dijo el chico antes de caer y dejar ver una herida en el estómago.
—Considera esto mi regalo de despedida, culero —dijo ella y le besó la frente. Tomó un arma que estaba sobre la mesa y salió.

La loba fue abatida de inmediato, más tarde se sabría que el arma que portaba al momento ni siquiera estaba cargada. Aunque la versión oficial declaraba que ella y todos los ocupantes de la casa estaban fuertemente armados y habían disparado primero.

El policía Víctor Cuéllar había sido una víctima más de La loba a quien, por fortuna, lograron rescatar con vida.

Él habría preferido mil veces morir ese mismo día.